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Entrevistas | María Fernanda Cuicas

“Es facilito: tú agarras un poquito de agua, un poquito de sal, un poquito de aceite, le agregas la harina, haces como una masita, la aplastas y la colocas en una sartén, como dicen acá, o en lo que se llama un budare en Venezuela, que es como una plancha. La puedes comer con huevo, con atún, con cualquier cosa. Eso sí: no es ningún taco, ningún tamal, ni ningún pan. La arepa es arepa. Y es riquísima”.

María Fernanda Cuicas Albizu es quien habla y a quien se le hace agua la boca cuando habla de la típica comida venezolana que la acompaña desde que llegó a Tucumán, hace dos años. Es la receta que trajo desde San Carlos, su pueblo natal, ubicado en el estado de Cojedes, a cuatro horas de Caracas. Una receta que aprendió en las mañanas de Campo Alegre, mientras el abuelo Francisco trabajaba el plátano, el quinchoncho, la yuca, la banana, y la abuela Flor Linda se dedicaba a la venta en el solar de aquella casa de la infancia que ahora regresa a su memoria mientras cuenta su historia.

La historia de María Fernanda es la historia que continúa con una pregunta: cierto día, mientras deshojaba el choclo, su mamá Aurora le dijo antes de despedirla: “Ay, hija, ¿cómo vas a hacer en Tucumán tú que eres tan arepera?”. La respuesta la encontraría Fernanda un tiempo después de llegar a Tucumán, adonde había llegado en busca del trabajo que no encontraba en su querido país: “Vine con una valija de 20 kilos y mi biblia. Nada más. Soy evangelista y mi iglesia me ayudó a costear parte del pasaje, el resto lo pagué yo. Al principio fue todo muy difícil. Estuve tres meses sin conseguir trabajo. De verdad fue muy duro todo, hasta que empecé a salir adelante”.

María Fernanda realizó un largo recorrido hasta llegar a trabajar en Aval. Por ejemplo, su primer trabajo fue cuidar a una niña dos veces por semana. Luego, trabajó en ventas al por mayor en una casa de bijouterie y peluches. Y más tarde lo hizo en San Bernardo, donde recorrió el interior de Tucumán ofreciendo el servicio de sepelios puerta a puerta. Ahí, tocando el timbre o aplaudiendo con sus manos, María Fernanda conoció la calidez de los tucumanos que le recordó a su propia familia.

“La gente me recibía súper bien. Hasta me regalaban cosas. Siempre llegaba a mi casa con algo. Una señora me regaló un pan redondo que tiene chicharrón, cuando entraba a los negocios me regalaban arándanos, y un mediodía me invitaron a comer humita y empanadas fritas. Todos los días siempre volvía con algo. Estuve en Soldado Maldonado, en Simoca, en Monteros, en Capitán Cáceres, Río Seco, Concepción, en muchos lugares. Y de todo lo que probé, lo que más me encantó fue la humita”.

Mientras Fernanda saboreaba las comidas típicas del norte argentino, el aprendizaje en las calles tucumanas era constante y necesario para acceder a las múltiples entrevistas de trabajo que tuvo: “Llegar a Tucumán fue como volver a nacer: aprenderte los nombres de las calles, usar el dinero, conocer los colectivos, usar términos que no conocen como decir ‘¡Qué chimbo (qué bajón)! En fin, todo fue difícil, estar sola es difícil, estar lejos de tu familia que sabes que está mal, que vive una crisis peor que lo que se sabe en las redes sociales, buscar un trabajo para ser el sostén de ellos, todo es tan difícil que a veces puedes llegar a perder la fe, pero sigues adelante y un día llegas acá, adonde estamos hablando”.

Aquí donde estamos hablando es en el corazón de Aval, en las oficinas de Alberdi 225. Fernanda ocupa el box número cinco donde administra la cartera y los contratos de ART, llama a los clientes, les ofrece la mejor alicuota, la mejor alternativa acorde a sus necesidades. Eso sí, cuando habla con los clientes por teléfono la primera pregunta siempre es la misma: “¿De dónde sos?”. “Muchos clientes se tientan y quieren saber de dónde vengo. Les resulta simpático que una venezolana viva en Tucumán. Me transmiten mucho cariño y se alegran que haya encontrado en Aval el trabajo que buscaba. En Venezuela me había dedicado cinco años a los seguros de vida y aquí estoy haciendo lo que me gusta”.

Además de un trabajo en Aval, cuenta Fernanda que encontró una familia de amigos y compañeros que la ayudó a instalarse en un departamento cercano a la compañía: “Hace poco pude comprar mi nevera, pero hasta entonces mis compañeros me regalaron cucharillas, juegos de cubiertos, un ventilador, un televisor, un rallador, cosas básicas, pero cosas que necesitaba. Aquí disfruto del trabajo, de merendar con las compañeras, especialmente hablo mucho con Andrea”.

“Lo sé: siento que llegué y encontré lo que estaba buscando: un trabajo en blanco, con mis beneficios, y gente muy buena que me ha ayudado muchísimo este tiempo”, sonríe Fernanda, quien durante su tiempo libre disfruta de ir a trotar al Parque Avellaneda o a la plaza San Martín, de las charlas con su amiga venezolana Carla, o de soñar en voz alta con volver algún día a San Carlos para abrir La casa del peluquero. Pero antes del regreso, María Fernanda quiere disfrutar de esta nueva etapa en su vida, y así seguir ayudando a su familia, y avisarles por una videollamada de WhatsApp que está escuchando música llanera, o cocinando sopa de costillas, o cachapas rellenas de carne mechada y queso. O arepas, muchas arepas. Como aprendió cuando era niña, con la receta de su mamá Aurora en las mañanas felices en Campo Alegre, en San Carlos, en Venezuela, y ahora también en Tucumán.

Redacción: Alfredo Aráoz